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16 de septiembre de 2019
Crónicas desde Katmandú
José Ignacio Salazar Bernard
( 09-11-2004, 18:53 )

«Ni la contradicción es indicio de falsedad, ni la falta de contradicción es indicio de verdad»

Blaise Pascal


En unos tiempos en los que el pensamiento único propugnado por las concepciones neoliberales se eleva como tótem hegemónico resulta cada vez más necesario el dar cabida a planteamientos y visiones del mundo más amplias, menos dogmáticas, alternativas, que nos muestren que la vida no es sólo mercado y economía, que no sólo es éxito o fracaso. El proceso globalizador en el que estamos inmersos, elimina las fronteras para el movimiento de capitales, pero erige muros infranqueables para la libertad tanto de las personas como de las ideas.

 

Una frontera puede ser entendida de dos formas diametralmente opuestas. La primera la concibe como un elemento separador que delimita dos espacios físicos, culturales y/o sociales. La segunda, la que yo defiendo, la aprecia como un espacio de mestizaje, no como un elemento de separación físico, si no como una zona con características propias, características que se componen de elementos de “ambos lados”, como un espacio de progresiva unión entre las partes.

 

La frontera así vista es esa tierra de nadie que, precisamente por no ser de nadie, puede ser una tierra para todos. Es un espacio de cruce de caminos, pero con entidad propia, es un espacio de mestizaje, donde las diferencias pierden importancia y al mismo tiempo adquieren relevancia al darle una identidad propia. Como universo simbólico conciliador y convergente de distintas identidades, es una zona permeable (ósmosis, feedback), una zona de alto valor estratégico que permite generar nuevas leyes, nuevas figuras que median en el tránsito. Y nosotros, como exploradores de esa región-frontera, dibujaremos un mapa en el que no hay caminos fijos, ni atajos, ni autopistas y, como dijo el poeta, haremos camino al andar. Caminar por la frontera hace necesario ser capaz de conversar a pesar de los diferentes lenguajes, por lo que la frontera tiene de relación y de intercambio, implica ser políglota e intérprete en la Torre de Babel.

 

El ajedrez, como elemento inmerso dentro del momento histórico que nos toca vivir, no es ajeno a esta situación y, por tanto, también precisa retomar elementos y concepciones que lo hagan más rico, menos rígido, más “mestizo”, más comprensivo y menos competitivo. Esto es, nace la necesidad de re-pensar qué es el ajedrez.

 

Este espacio, las Crónicas desde Katmandú, pretende ser un instrumento, un foro abierto, que posibilite dar a conocer esas visiones alternativas del ajedrez haciendo referencia a Katmandú como símbolo de un rico entramado de herencia cultural y artística, un lugar donde la gente pulula por las bulliciosas calles mostrando una sugerente diversidad étnica y cultural. Referirse a Katmandú es referirse al paradigma de una auténtica encrucijada cultural en la que hay mas dioses que habitantes, un lugar donde el budismo y el hinduismo se entremezclan sin fricciones, donde caucásicos y mongoles coexisten, donde mito y realidad son una misma cosa. Es referirse, en resumidas cuentas, a Katmandú como crisol, como frontera en su segunda acepción.

 

Esta sección será, por tanto, un espacio abierto a todo aquello no normativo que permita hacer compatible lo que hoy es considerado como incompatible y en el que se pretende dar cabida a todas las ideas y a todos/as los ajedrecistas, pertenezcan a nuestro club o no, esto es, un espacio de libertad, en el que esperamos la participación de cuantos más mejor y más pronto que tarde, por lo que sólo resta deciros que ¡nos os cortéis y a animarse!.

 

Para finalizar sólo queda por anunciar que semana venidera se iniciará la publicación de artículos en esta sección con el artículo titulado El Gurú, del que se encargará el que aquí suscribe.



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